Marionetas de barro

Marionetas de barro

—Mañiana es el jueguito ese. ¿Cómo lo supieron? ¿No tienes filo?

—Esa fue doña Luz Marina la solterona esa, la que se la pasaa echando rosario to’eldía. Esa fue la que no’echó al agua, la atravesaa esa. ¡Erda! Filo no hay, pensé quel pescao te dejó lleno.

Los muchachos sonrieron. Las hojas de la ceiba les protegían la frente de las gotas de lluvia que convertían las raíces en un lodazal de gusanos; era la primera vez en muchos meses que llovía. Se encontraban amarrados con cabuya uno al lado del otro rozándose los hombros, lo más cerca posible para que pudieran estar bien junticos. Antes de eso les dieron golpes cuando los encontraron arrunchados en la hamaca de su casa después de la hora del almuerzo.

—Luz Marina la solterona esa, ajá. La que nos compraa pescao en la tarde depué’ de sacarlo eh latarraya. ¿Esa?

—Sí, esa. ¿No te acordá’ cada rato que nos encontráamo con ella y se ponía toda raa? ¡Ella lo sabía!

—¡Erda pura! —afirmó el que tenía una flor coloreada en la mejilla derecha; una flor verde como el color de los disfraces de sus cuidadores. Se la habían pintado después de dejarlos inconscientes tras los golpes. A su compañero le pusieron una pañoleta verde amarrada en la cabeza para inundarle de sudor la frente. Solo se percartaron después de dos horas cuando el estómago les empezó a tronar en medio del ardor de la tarde. Entonces, ahí, mientras la ceiba los protegía del calor, se dieron cuenta de sus nuevos atuendos.

—Yo sé porque lo digo. Las veces quiba a San Onofre a intercambia el pescao por unos pesitos erasí: pura miraita y na. Esa solterona nos miraaa.

—¡Nojoda viejo men! No te quejes por na. Nadien lo aceptá. Pero esa señora que iba sabé. Tampoco es pa’ tanto. Como si fuéramos loo únicos eh tené esa maña. Oee, como quiuele eh pescao.

La llovizna se esfumó ante la llegada de la noche. Intentaron moverse entre las raíces mientras el barro les invadía las piernas. Así duraron largo rato hasta que el calor del amanecer los sorprendió con las caídas de los bejucos viejos sobre sus hombros. Minuto tras minuto, las camisetas se fueron absorbiendo en sus pechos mientras gotitas bailaban en sus caras al son del vuelo de los pájaros.

Luego los hombres verdes llegaron con el olor de los huevos revueltos mientras conversaban sobre el gran juego. Los muchachos lograron entender las palabras espectáculo, gente y maricas, lo demás fue el olor de los huevos recién hechecitos y el choque de las botellas de cerveza helada para celebrar la toma de las veredas. Alcanzaron a escuchar un par de agradecimientos a un tal “Alemán” quien los había hecho llegar allí. Luego, borrachos, los hombres comenzaron a cantar; lo poco que los muchachos escucharon fue esto:

Desde el monte yo aquí vengo,

yo aquí vengo de por Dios,

trasegando en la selva

por la liberación.

Es la fiesta de los hombres,

de los hombres de verdad;

aquí vengo a echar bala

en nombre del “Alemán”.

—Párame bola. ¿No te provocá un huevito? —preguntó Verde Floreao a su compañero. Los hombres de verde no conocían sus nombres; los nombraban con apodos a partir de los símbolos sobre sus cuerpos. Entonces comenzaron a llamarlos Verde Floreao y Chupa Sudor. Cada tanto uno que otro hombre pasaba diciéndoles sus apodos mientras les guiñaban el ojo o se tocaban la entrepierna. La vereda parecía dormida, solo la gente tenía permiso de salir con obligatoriedad para la misa de tres de la tarde.

—Dejaabla de comia. ¡Erda! Debimo hacerle caso a la solterona esa —afirmó Chupa Sudor mientras la punta de la pañoleta le caía sobre un ojo.

—¿Dejar de vivi juntos?

—Larganos de aquí pa’ la ciudad. Nootros disque pensando quera lo mejor.

—Igual no les debería importa naa. Esa solterona resultó bien arrestaa —afirmó Verde Floreao haciendo muecas.

—Eerda, ya no sé qué pensaa. Debí lagame a Sincelejo cuando escuchamo todesa joda.

—No me digá que resultate conmio embustero. ¡Eeche nojoda!

Chupa Sudor no le respondió. Desde que se conocieron trasegando pescados a punta de atarraya, Verde Floreao dudó de cuán era capaz su compañero de aceptar su posición. Cuando estaban solos la confianza florecía como el sudor, pero afuera la indiferencia llegaba con las miradas.

La tarde continuó con el lodazal ocasionado en la noche anterior. La ceiba estaba cerca de la pequeña iglesia que era una casa cubierta de palmas y bejucos. Ahí adentro, mientras el calor latía con fuerza, estaban preparando el altar para la ceremonia de las tres de la tarde.

Al pasar el mediodía, los hombres de verde sacaron a la gente de sus casas para reunirlos frente a la ceiba. Hicieron que vieran a los muchachos mientras les quitaban la cabuya en medio de golpes hasta dejarlos en calzones. Chupa Sudor intentó cubrir su desnudez con el barro de la lluvia mientras que Verde Floreao quedó de pie mirando fijamente a todo el mundo; las risas llegaron en medio de guiños y besitos en las mejillas. Luego los llevaron a la casa que hacía de iglesia y los dejaron en el altar principal mientas la gente de la vereda entraba en el lugar.

Un hombre de entre los de verde, que decía ser cura, les echó agua bendita antes de comenzar la ceremonia. Luego otro de ellos sacó dos gallos de pelea para que se mataran entre sí; esto sucedió mientras despedían entre oraciones a una mujer cuyo cuerpo estaba cubierto con un rosario tras morir por un tiro en la cabeza. Era el único cuerpo que despedían como debía ser, según ellos porque les ayudó en la “limpieza para la nueva construcción social”. Los otros quedaron a merced de los gusanos y de los perros, aunque la vereda no tuvo mucha resistencia el día que la tomaron. El calor se arrinconó en cada parte de la casa. Cuando el último gallo exhaló las ganas de pelear los muchachos supieron que era el momento.

Desnudos, el calor parecía menor; sin embargo tanta gente en la misma iglesita con el barro como piso y las palmas alrededor de los huecos de las ventanas no era de gran ayuda. Entonces los obligaron a ponerse en el centro del altar con sus dos símbolos en sus rostros mientras el canto se volvió a escuchar:

Es la fiesta de los hombres,

de los hombres de verdad;

¡A jugar! Los muchachos sabían lo que era, semanas antes escucharon cómo eran ese tipo de juegos. Entonces Chupa Sudor empujó a Verde Floreao con todo el impulso mientras sus manos se ensuciaban del barro de su cuerpo. Lo empujó y lo golpeó en la cabeza, en las rodillas, en el estómago, en las piernas. Lo abrazó y lo tiró al suelo con la rabia de un animal. Entonces dieron vueltas en el suelo y así el barro se convirtió en sus marcas de guerra alrededor de sus cuerpos.

¡A ver quién es el hombre! Verde Floreao se sorprendió ante semejante fuerza de su compañero; cuando pescaban en los riachuelos era el más enclenque de todos. Entonces, sin querer, lo empujó al suelo echándose sobre él mientras le golpeaba la cara con el barro haciéndoselo tragar con las uñas. Luego cogió el cuerpo de uno de los gallos muertos para golpearlo. El choque hizo que las plumas cayeran sobre sus cuerpos mientras Verde Floreao escupía barro y gotitas de sudor de los ojos. En un momento dejó el gallo en el suelo y sus puños sonaron sobre la mandíbula de Chupa Sudor. 

¡Chupa Sudor quedó tuerto! Él no podía ver bien porque la pañoleta llena de barro le cubría los ojos. Daba golpes al aire, a la nariz, al aire, a la boca, al aire, al pecho. Luego puras volteretas con Verde Floreao y dele que dele vueltas en el altarcito de la iglesia. Las risas no dejaban de escucharse mientras los de la vereda se quedaban ahí esperando quien sería el ganador. Entonces los hombres de verde comenzaron a cantar de nuevo mucho más fuerte. 

¡Se hizo tarde! Los muchachos se pusieron de pie en un momento y se vieron cara a cara antes de seguir con el juego. A Verde Floreao le convirtió la flor deformada de la mejilla en un moretón oscuro. Chupa Sudor estaba medio cubierto de sangre con el barro envuelto en los ojos. Verde Floreao le acarició la mejilla inflamada a su compañero. Luego se rio.

¡Ya se pusieron con sus vainas! Afuera se empezó a escuchar el trajinar del viento sobre las palmas cubriendo el calor de la tarde. Ahí fue cuando Chupa Sudor sintió un golpe en el mentón que lo llevó al piso de la iglesia. Su compañero cayó sobre él. Se miraron. Antes de seguir con el juego observaron a los gallos muertos sumergidos en un mar de sangre y barro.

La Ilustración que acompaña al cuento es de Haidiven Vélez

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Mateo Mora

Estudiante de Creación Literaria de la Universidad Central. Miembro del semillero de investigación InserDios Menores. Ha sido semifinalista durante dos ocasiones seguidas del Concurso Nacional de Cuento RCN - Ministerio de Educación Nacional. Sus temáticas principales son: Latinoamérica, la familia, la masculinidad, la religión y la historia. Su escritura oscila en la experimentación de la poesía, el cuento y el ensayo.

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